Aquiles da muerte a Héctor

Aquiles da muerte a Héctor

Como el Héspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la oscuridad de la noche; de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Este lo tenía protegido por la excelente armadura que quitó a Patroclo después de matarle y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas separan al cuello de los hombros, la garganta que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por allí el divino Aquiles envainole la pica a Héctor que ya le atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el gargüero con la pica de fresno que el bronce hacía poderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo y el divino Aquiles se jactó del triunfo diciendo: “¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque me hallaba ausente, ¡necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él en las cóncavas naves y te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los Aqueos le harán honras fúnebres”.

Con lánguida voz respondiole Héctor, el de tremolante casco: “Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me despedacen y devoren junto a las aves aqueas!.

Acepta el bronce y el oro que en abundancia tendrán mi padre y mi venerada madre y entrega a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa y los troyanos y sus esposas lo pongan en la pira.

Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros: No me supliques ¡perro! Por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido!

Contestó, ya moribundo Héctor, el de tremolante casco: tienes en el pecho un corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, al día en que Paris y Febo Apolo te harán perecer, no obstante tu valor, en las puertas del hades”.

Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Hades, llorando su muerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven.
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