La leyenda de Guillermo Tell

La leyenda de Guillermo Tell    

Leyenda tradicional suiza

Todo esto sucedió hace como unos seiscientos años. Los suizos sufrían muchísimo por culpa del tirano Gessler, el Gobernador.

-    Cada habitante de este pueblo deberá inclinarse y hacer una reverencia ante aquel poste – les comunicó un día un soldado... Y señaló un poste de madera en el centro de la plaza. En lo alto del poste había un gorro que representaba a Gessler.

-    Los que no hagan la reverencia serán juzgados por falta de respeto a la autoridad – añadió el soldado, y troc, troc, troc, se fue en su caballo.

    Los habitantes del pueblo sentían en sus estómagos una especie de espuma fría, algo llamado rabia... ¿Y si desobedecían y se negaban a hacer la reverencia? No, ni pensarlo. Los desobedientes eran juzgados, encerrados en mazmorras tan oscuras que la noche sentía miedo de entrar en ellas; luego eran torturados hasta que obedecieran...

Fue en esos días que el nombre de Guillermo Tell empezó a escucharse. Primero fue un susurro lleno de, nerviosismo, luego fue un grito... se decía que Guillermo Tell era un leñador que había reunido un ejército de hombres. Se decía que estaba peleando contra los soldados de Gessler, en pueblos remotos y olvidados. Se decía que tenía la mejor puntería en toda Suiza, y que una flecha suya podía darle a una mosca justo entre los ojos. Todo eso se decía.

Pero su fama llegó a oídos del tirano y Guillermo Tell fue apresado, junto con su pequeño hijo. Los soldados de Gessler le dijeron que hiciera la reverencia ante el poste, pero él se negó.

-   Sólo le debo respeto a la libertad – Afirmó mirando a los soldados a los ojos.
-   Ya que amas tanto la libertad, te propongo algo – Dijo el sonriente Gessler, mordisqueando una manzana- si eres capaz de atravesar esta manzana desde una distancia de cincuenta pasos, serás libre.

Guillermo, manteniendo su dignidad, aceptó. Entonces, Gessler mandó a traer a su hijo. Lo puso contra un árbol y colocó la manzana sobre su cabeza.

-  ¡Eso no era parte del trato! – gritó Guillermo, indignado .Si su puntería fallaba, podía matar a su propio hijo.
-  Ánimo papá. Si aciertas seremos libres – dijo el pequeño. Y él mismo acomodó la manzana sobre su cabeza.

Los soldados de Gessler llevaron a Guillermo a cincuenta pasos de distancia y le ordenaron que dispare. Entonces, Guillermo Tell preparó dos flechas. La segunda sería para Gessler, en caso de fallar...Tratando de dominar su temor, tensó el arco. Su hijo le sonreía. Apuntó al centro de la manzana Y ¡zas!, disparó. La flecha recorrió el aire Y ¡plum!, se incrustó en la manzana.
La multitud que estaba allí reunida estalló en gritos de júbilo. Ni el mismo Gessler podía creerlo... Así Guillermo Tell consiguió su libertad.

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