Historia de una madre

Historia de una madre

Hans Christian Andersen 

En una fría noche de invierno, la Muerte, bajo la apariencia de un pobre viejo, entró en una casucha donde una madre, velaba desde hacia tres días y tres noches, a su enfermo pequeñuelo. 

La pobre mujer, cansadísima, se durmió un momento; pero cuando volvió a abrir los ojos poco después, ya o vio al viejo y al pequeñín. Se precipitó fuera de la casa, desesperada, y a la Noche, que estaba envuelta en un gran manto negro y sentada en la nieve, le dijo: 

–He visto pasar a la Muerte con tu niño en brazos. Si me cantas, todas las canciones de cuna que acostumbras cantarle a él, te indicaré el camino que han tomado. 

La madre, llorando, cantó, y la Noche, satisfecha, le indicó el camino del bosque.- La pobre mujer penetró en él sin miedo, pero no tardó en encontrarse antes dos caminos. 

– Si me calientas sobre tu corazón, te indicaré qué camino ha tomado la Muerte – le dijo un rosal que crecía allí cerca. 

La mujer la estrechó con tanta fuerza contra su pecho, que las espinas le penetraron en las carnes y las hicieron sangrar, y el rosal bañado en aquella sangre, germinó milagrosamente. Después, indicó el camino a la mujer, que reanudó sus fatigosa marcha; pero al llegar a la orilla de un lago, quedó perpleja porque no veía puente ni barca para poder pasar al otro lado. 

– Si me das tus ojos, que son las perlas más relucientes que he visto te llevaré a la otra orilla – murmuró el lago. 

Y la mujer, sin vacilar un momento, dio sus ojos; pero como quedó ciega, no sabía hacia dónde dirigirse cuando llegó a la orilla. Entonces, la guardiana del lugar le dijo: 

– Si me das tus cabellos negros, te llevaré al gran invernadero de la Muerte. 

La madre dio sus cabellos, y la mujer la condujo a un invernadero inmenso, donde crecían millones y millones de plantas, c ada una de las cuales representaba una vida humana. En medio de ellas, la pobre ciega reconoció enseguida la planta frágil de su hijo y se puso ante ella para protegerla contra la Muerte que, precedida por un viento glacial, se estaba aproximando. 

– Devuélveme a mi hijo – sollozó la madre. 

– Escúchame, mujer – contestó la Muerte –, y ante todo toma tus ojos, que he cogido en el fondo del lago, y mira en este arroyo. Ahí, verás reflejadas dos existencias, una de las cuales es la reservada a tu hijo en caso de que continúe viviendo. Pero no te puedo decir cuál de los dos es. 

La mujer miró y vio una vida llena de felicidad y de bondad, y otra llena de dolores y culpas. –Pues bien, ¿qué quieres? ¿Deseas que viva o que le lleve conmigo al país desconocido? 

Con el corazón angustiado, sin saber qué desear, en la horrible duda de que a su hijo le estuviera reservada la vida desgraciada de penas y dolores, la pobre madre cayó de rodillas y oró: 

– Dios Omnipotente, haz lo que quieras de mi hijo. Lo que tú hagas estará bien hecho. Entonces, la Muerte partió con el niño en brazos hacia el país lejano y desconocido.

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